Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye
mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él,
y él conmigo" (Ap 3,20)
Servicio de Email diario con las lecturas del
día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia
Católica.
Este servicio se ofrece solamente
con autorización previa del receptor.
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Primera Lectura

Lectura del libro de los Jueces
(13, 2-7. 24-25)
En aquellos días, había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoa. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. A esa mujer se le apareció un ángel del Señor y le dijo:
"Eres estéril y no has tenido hijos; pero de hoy en adelante, no bebas vino, ni bebida fermentada, ni comas nada impuro, porque vas a concebir y a dar a luz un hijo. No dejes que la navaja toque su cabello, porque el niño estará consagrado a Dios desde el seno de su madre y él comenzará a salvar a Israel de manos de los filisteos".
La mujer fue a contarle a su marido: "Un hombre de Dios ha venido a visitarme. Su aspecto era como el del ángel de Dios, terrible en extremo. Yo no le pregunté de dónde venía y él no me manifestó su nombre, pero me dijo:
'Vas a concebir y a dar a luz un hijo. De ahora en adelante, no bebas vino ni bebida fermentada, no comas nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde el seno de su madre hasta su muerte' ".
La mujer dio a luz un hijo y lo llamó Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo y el espíritu del Señor empezó a manifestarse en él.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
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Salmo Responsorial
Salmo 70
Que mi boca, Señor,
no deje de alabarte.
Señor, sé para mí un refugio, ciudad fortificada en que me salves. Y pues eres mi auxilio y mi defensa, líbrame, Señor, de los malvados.
Que mi boca, Señor,
no deje de alabarte.
Señor, tú eres mi esperanza; desde mi juventud en ti confío. Desde que estaba en el seno de mi madre, yo me apoyaba en ti y tú me sostenías.
Que mi boca, Señor,
no deje de alabarte.
Tus hazañas, Señor, alabaré, diré a todos que sólo tú eres justo. Me enseñaste a alabarte desde niño y seguir alabándote es mi orgullo.
Que mi boca, Señor,
no deje de alabarte.
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Evangelio

Lectura del santo Evangelio
según san Lucas (1, 5-25)
Gloria a ti, Señor.
Hubo en tiempo de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran justos a los ojos de Dios, pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los mandamientos y disposiciones del Señor.
Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos, de avanzada edad. Un día en que le correspondía a su grupo desempeñar ante Dios los oficios sacerdotales, le tocó a Zacarías, según la costumbre de los sacerdotes, entrar al santuario del Señor para ofrecer el incienso,
mientras todo el pueblo estaba afuera, en oración, a la hora de la incensación. Se le apareció entonces un ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y un gran temor se apoderó de él. Pero el ángel le dijo:
"No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien le pondrás el nombre de Juan. Tú te llenarás de alegría y regocijo, y otros muchos se alegrarán también de su nacimiento, pues él será grande a los ojos del Señor; no beberá vino ni licor y estará lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre. Convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia sus hijos, dar a los rebeldes la cordura de los justos y prepararle así al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo".
Pero Zacarías replicó:
"¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad avanzada".
El ángel le contestó:
"Yo soy Gabriel, el que asiste delante de Dios. He sido enviado para hablar contigo y darte esta buena noticia. Ahora tú quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto suceda, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo".
Mientras tanto, el pueblo estaba aguardando a Zacarías y se extrañaba de que tardara tanto en el santuario. Al salir no pudo hablar y en esto conocieron que había tenido una visión en el santuario. Entonces trató de hacerse entender por señas y permaneció mudo.
Al terminar los días de su ministerio, volvió a su casa. Poco después concibió Isabel, su mujer, y durante cinco meses no se dejó ver, pues decía:
"Esto es obra del Señor. Por fin se dignó quitar el oprobio que pesaba sobre mí".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Sobre las Lecturas de Hoy...

Ayer contemplamos en la liturgia de la Palabra el anuncio del nacimiento de Jesús a José. Hoy le corresponde el turno a Zacarías, padre de Juan el Bautista. Lucas, cuyo relato es propio de su evangelio, pone especial énfasis en la ancianidad de Zacarías e Isabel y en la esterilidad de ésta; también en el carácter sacerdotal de Zacarías. No sólo nos dice que es anciano y sacerdote, sino que el anuncio del ángel Gabriel acontece en el Templo, cuando Zacarías está de servicio. Isabel Y Zacarías representan simbólicamente las instituciones del Primer Testamento, las cuales, por estar ya caducas y estériles, son renovadas y "fertilizadas" por el Espíritu de Dios. Zacarías e Isabel representan al resto de Israel que espera la venida del Mesías. Juan y Jesús serán, entonces, los eslabones que articulan la historia de la salvación. El anuncio del ángel deja a Zacarías sin palabra, porque el silencio es la actitud reverencial y de expectativa frente a Dios. Silencio, esterilidad, ancianidad, son símbolos de un pueblo que a pesar de todo confía enteramente en las promesas de Dios. - Abramos el corazón para que podamos percibir la presencia fascinante de Dios que viene a anunciarnos buenas y grandes noticias de liberación para nuestro pueblo.
A partir de hoy las dos lecturas de cada día presentan paralelismos y contrastes muy claros, según el estilo de «las vidas paralelas», para ayudarnos a entender los planes de Dios. Hoy, por ejemplo, escuchamos el anuncio del nacimiento de Sansón y el de Juan Bautista.
Sansón debió ser un forzudo campesino, que llegó a hacer cosas increíbles, seguramente exageradas por los relatos populares. Pero la página que hemos leído subraya que ha sido Dios quien le ha elegido como instrumento en su plan de salvación para Israel. Le hace nacer de padres estériles, cuya oración escucha, y da su fuerza a este joven que ha quedado consagrado por el voto del nazireato.
Dios, que se sirve muchas veces de las personas más débiles, esta vez busca la colaboración de un hombre conocido por su mucha fuerza para que libere al pueblo de la opresión de los filisteos. Pero cuando Sansón se cree protagonista, y utiliza la fuerza para si mismo, Dios le retira su ayuda, y cae en manos de los enemigos.
En el salmo reconocemos humildemente que Dios es nuestra roca y nuestro refugio, el que nos libra de las dificultades, el que ya desde el seno de nuestra madre nos conoce v nos acompaña a lo largo de nuestra vida.
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