Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye
mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él,
y él conmigo" (Ap 3,20)
Servicio de Email diario con las lecturas del
día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia
Católica.
Este servicio se ofrece solamente
con autorización previa del receptor.
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Sobre las Lecturas de hoy...
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Primera Lectura

Lectura del libro del
Apocalipsis del apóstol san
Juan (5, 1-10)
Yo, Juan, vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono, un libro escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi un ángel poderoso, que gritaba con fuerte voz:
"¿Quién es digno de abrir el libro y de romper sus sellos?"
Pero nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro ni ver su contenido. Lloré mucho porque no había nadie digno de abrir el libro y de ver su contenido. Entonces, uno de los ancianos me dijo:
"Ya no llores, porque ha vencido el león de la tribu de Judá, el descendiente de David, y él va a abrir el libro y sus siete sellos".
Vi entonces junto al trono, en medio de los cuatro seres vivientes y de los ancianos, un Cordero. Estaba de pie, y mostraba las señales de haber sido sacrificado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados por toda la tierra.
Se acercó y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono.Y al tomarlo, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, con sus cítaras y sus copas de oro llenas de incienso, que significan las oraciones de los santos. Y se pusieron a cantar un cántico nuevo, diciendo:
"Tú eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste sacrificado y con tu sangre compraste para Dios hombres de todas las razas y lenguas, de todos los pueblos y naciones, y con ellos has constituido un reino de sacerdotes, que servirán a nuestro Dios y reinarán sobre la tierra".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
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Salmo Responsorial
Salmo 149
Bendito sea el Señor.
Entonen al Señor un canto nuevo, en la reunión litúrgica proclámenlo. En su creador y rey, en el Señor, alégrese Israel, su pueblo santo.
Bendito sea el Señor.
En honor de su nombre, que haya danzas, alábenlo con arpa y tamboriles. El Señor es amigo de su pueblo y otorga la victoria a los humildes.
Bendito sea el Señor.
Que se alegren los fieles en el triunfo, que inunde el regocijo sus hogares, que alaben al Señor con sus palabras, porque en esto su pueblo se complace.
Bendito sea el Señor.
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Evangelio
Lectura del santo Evangelio
según san Lucas (19, 41-44)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
"¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Sobre las Lecturas de Hoy...

En el itinerario de Jesús la ciudad de Jerusalén es el escenario de su confrontación final con los representantes del Israel institucional. Ante la vista de las magnificas edificaciones de Jerusalén Jesús lamenta que detrás de esa belleza arquitectónica se oculte la violencia, la injusticia y la impiedad. Todo el despliegue cultual, ritual e institucional que pretende mostrar a Dios en realidad lo oculta. Y, tal vez, el mayor conflicto que se encubre tras esos magníficos muros es el acuerdo entre las autoridades locales y los invasores romanos para oprimir y explotar a ese pueblo fiel y creyente que vive su fe en medio de grandes contradicciones. Esta lamentación de Jesús se hizo realidad unos treinta años después de su muerte cuanto la guerra entre los fanáticos religiosos judíos y los ejércitos romanos condujeron a la destrucción del Templo, la Ciudad y la Nación. Dentro de pocos días nuestras ciudades se embellecerán con los arreglos navideños y todo el despliegue publicitario nos ocultará la violencia, la injusticia y las grandes contradicciones que incrementan con el crecimiento de la ciudad. Jesús hace un llamado para que hagamos de nuestras ciudades un espacio de paz. Pero no de la paz comprada al precio de la sangre, sino aquella que proviene del bienestar y de la armonía de las relaciones humanas.
La solemne liturgia de ayer no estaba completa. El autor del Apocalipsis escenifica muy bien la entrada en escena de Cristo. Cristo es el centro de toda la liturgia. De la del cielo y de la de la tierra. Él es el Sacerdote y el Maestro y la Palabra y el Cantor y el Orante y el Templo. Él da sentido a la historia: abre los sellos del libro que resulta misterioso para los demás. Tiene los siete cuernos del poder y los siete ojos de la sabiduría.
Unidos a él rezamos y alabamos al Padre y le elevamos nuestras súplicas, que concluimos siempre diciendo: "por Cristo Nuestro Señor". Unidos a él, somos también nosotros mediadores y sacerdotes: "has hecho de ellos una dinastía sacerdotal". Hoy podemos cantar con más sentido la aclamación del Santo, y las súplicas en que llamamos a Cristo "Cordero de Dios". En el momento en que se nos invita a participar de la comida eucarística, que es anticipo y garantía del banquete festivo del cielo, el "banquete de bodas del Cordero", se nos dice: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
El himno de los veinticuatro privilegiados, "Eres digno de tomar el libro", lo cantamos en Vísperas una vez por semana. Tendríamos que imitar el entusiasmo de esa asamblea de los salvados en el cielo, rindiendo homenaje a Jesús Salvador.
Sería bueno leer hoy una breve página del Catecismo (nn. 1136-1139). Se pregunta: "¿quién celebra?", y responde: el "Cristo total", no sólo nosotros, los que nos reunimos aquí abajo para la Eucaristía o para Vísperas, sino todos los salvados, unidos a Cristo. Para ello comenta precisamente este pasaje del Apocalipsis y se recrea describiendo la gran asamblea de los bienaventurados. Los que celebramos aquí abajo, "participamos ya de la liturgia del cielo, allí donde la celebración es enteramente comunión y fiesta".
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