Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye
mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con
él,
y él conmigo" (Ap 3,20)
Servicio Email diario con las lecturas del
día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia
Católica.
Este servicio se ofrece solamente
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Primera Lectura

Lectura del libro del
Apocalipsis del apóstol
san Juan (1, 1-4; 2, 1-5)
Esta es la revelación que Dios le confió a Jesucristo, para que él manifestara a sus servidores lo que tiene que suceder en breve, y que comunicó, por medio de un ángel, a su siervo Juan. El cual narra lo que vio y afirma que es palabra de Dios, atestiguada por Jesucristo. Dichosos los que lean y escuchen la lectura de esta profecía y hagan caso de lo que en ella está escrito, porque el tiempo señalado está cerca.
Yo, Juan, les deseo la gracia y la paz a las siete comunidades cristianas de la provincia de Asia, de parte del que es, del que era, del que ha de venir, y de parte de los siete espíritus que están ante su trono.
Oí al Señor, que me decía:
"Al encargado de la comunidad cristiana de Efeso escríbele así:
Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha y camina entre los siete candelabros de oro: 'Conozco tus obras, tu esfuerzo y tu paciencia; sé que no puedes soportar a los malvados, que pusiste a prueba a los que se llamaban apóstoles sin serlo, y descubriste que eran unos mentirosos.
Eres tenaz, has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga. Pero tengo en contra tuya que ya no tienes el mismo amor que al principio. Recuerda de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a proceder como antes' ".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
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Salmo Responsorial
Salmo 1
El Señor protege al justo.
Dichoso aquel que no se guía por mundanos criterios, que no anda en malos pasos ni se burla del bueno, que ama la ley de Dios y se goza en cumplir sus mandamientos.
El Señor protege al justo.
Es como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita. En todo tendrá éxito.
El Señor protege al justo.
En cambio los malvados serán como la paja barrida por el viento. Porque el Señor protege el camino del justo y al malo sus caminos acaban por perderlo.
El Señor protege al justo.
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Evangelio
Lectura del santo Evangelio
según san Lucas (18, 35-43)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino.Entonces él comenzó a gritar:
"¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!"
Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó:
"¿Qué quieres que haga por ti?"
El le contestó:
"Señor, que vea".
Jesús le dijo:
"Recobra la vista; tu fe te ha curado".
Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Sobre las Lecturas de hoy...

El paso por Jericó, de camino a Jerusalén, está caracterizado por tres transformaciones. La primera por la restitución de la visión del ciego. Los ojos simbolizan las ventanas del espíritu para ver la creación de Dios y su acción en la historia. Aunque muchos veían a Jesús como 'hijo del rey David' y restaurador de la monarquía, Él no era muy partidario de las connotaciones de ese mesianismo. De hecho, Él no intenta cambiar esta visión por medio de discursos o reprobaciones sino con el ejemplo y la acción. La vista recobrada le permite al ciego ir detrás de Jesús y descubrir por sus propios medios quién era realmente Él. En nuestro tiempo asistimos a una situación semejante. Muchas personas lo buscan porque lo ven como una fuente de milagros o, incluso, de poder. Otras lo siguen impresionadas por los títulos con los que se exalta su figura. El evangelio nos invita a pedirle a Jesús que sea Él quien abra nuestros ojos para que seamos nosotros mismos quienes lo descubramos en los rostros de las personas que lo sirven en los más pobres y que sufren al defender a las víctimas y al exigir justicia, como Él lo hizo hace dos milenios.
Durante las dos últimas semanas del Año Litúrgico, antes del Adviento, la lectura que nos va a acompañar es el Apocalipsis, el último libro del NT y, por tanto, de la Biblia. Apocalipsis significa en griego "revelación". Los libros "apocalípticos" tiene unas características muy especiales, y usan un lenguaje misterioso, lleno de imágenes y símbolos, no fáciles de entender. Se nos hablará de dragones y caballos, de trompetas y cataclismos cósmicos, del simbolismo de los colores y de los números, y sobre todo de la lucha entre la Bestia y el Cordero. La primera parte de la lectura de hoy es el inicio del libro, "la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder pronto". Cristo, por medio de un ángel, se la comunica al "siervo Juan", el cual, "narrando lo que ha visto, se hace testigo de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo".
A los que iniciamos hoy esta lectura con fe, se nos felicita ya desde la primera página: "dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito".
Pero en seguida, el Apocalipsis pasa, en los capítulos 2 y 3, a transcribir siete cartas a otras tantas Iglesias del Asia Menor. Hoy leemos la dirigida a la comunidad cristiana de Éfeso, a la que "la voz del cielo" alaba por su entereza -"has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga"- y además por haber sabido discernir quiénes eran los falsos profetas en su seno. Pero le recrimina que "ha abandonado el amor primero".
La revelación de Dios, su plan de salvación, nos ha sido manifestada en Cristo Jesús, y luego, ya desde hace dos mil años, a través de su comunidad la Iglesia, que la va difundiendo por el mundo. Nosotros también, una vez evangelizados, nos convertimos en evangelizadores. Cada uno según la misión recibida en la comunidad, todos tratamos de transmitir a otros la Buena Noticia del triunfo de Cristo sobre el mal.
El Apocalipsis nos va a ayudar a interpretar la historia desde los ojos de la fe, a no perder nunca la confianza, a tener una visión pascual de los acontecimientos, por penosos que sean, y por duras que sean las dificultades internas y externas: porque el Cordero vencerá e invitará a bodas a su Esposa la Iglesia.
La primera carta de las siete dirigidas a las Iglesias del Asia puede ser que nos retrate a nosotros. Seguro que en nuestra vida hemos sufrido por Cristo, hemos demostrado nuestro aguante y ha habido períodos en que no parecía cansarnos el trabajar por el bien. Seguro, también, que hemos tenido momentos de lucidez para discernir quiénes son verdaderos apóstoles y quiénes no.
Pero tal vez merecemos también el reproche que el ángel dedica a los Efesios: "has abandonado el amor primero". La perseverancia nos cuesta a todos, y más en medio de un mundo que no nos ayuda a seguir los caminos de Jesús. Cada uno sabrá en qué ha decaído y, por tanto, en qué ha de recapacitar en estos últimos días del año y en el Adviento próximo. Que resuene dentro de nosotros la invitación del vidente: "recuerda de dónde has caído, conviértete y vuelve a proceder como antes". "¡Vuelve!".
El salmo primero nos invita a una renovada fidelidad: "dichoso el que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor... el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal". Exhortaciones que van acompañadas por un estribillo insistente y esperanzador, tomado del Apocalipsis: "al que venciere le daré a comer del árbol de la vida".
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