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Lectura de hoy Miercoles 14 de Noviembre, 2012 San Lorenzo de Irlanda, arzobispo

Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo"
(Ap 3,20)

Servicio de Email diario con las lecturas del día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia Católica.

Este servicio se ofrece solamente con autorización previa del receptor.

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Primera Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito (3, 1-7)

Querido hermano:
Recuérdales a todos que deben someterse a los gobernantes y a las autoridades, que sean obedientes, que estén dispuestos para toda clase de obras buenas, que no insulten a nadie, que eviten los pleitos, que sean sencillos y traten a todos con amabilidad.
Porque hubo un tiempo en que también nosotros fuimos insensatos y rebeldes con Dios; andábamos descarriados y éramos esclavos de todo género de pasiones y placeres; vivíamos una vida llena de maldad y de envidia; éramos abominables y nos odiábamos los unos a los otros.
Pero, al manifestarse la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor a los hombres, él nos salvó, no porque nosotros hubiéramos hecho algo digno de merecerlo, sino por su misericordia. Lo hizo mediante el bautismo, que nos regenera y nos renueva, por la acción del Espíritu Santo, a quien Dios derramó abundantemente sobre nosotros,por Cristo, nuestro salvador.
Así, justificados por su gracia, nos convertiremos en herederos, cuando se realice la esperanza de la vida eterna.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo 22

El Señor es mi pastor, nada me faltará.

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.

Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.

Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
Jesus y los diez leprosos
Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Lucas (17, 11-19)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían:
"¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!"
Al verlos, Jesús les dijo:
"Vayan a presentarse a los sacerdotes".
Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra. Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias.
Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús:
"¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?" Después le dijo al samaritano: "Levántate y vete. Tu fe te ha salvado".

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Cara de Jesus
Sobre las Lecturas de Hoy...
Sanación y salvación son presentadas frecuentemente como realidades sinónimas o incluso como la misma realidad. El relato del evangelio de hoy nos pone en guardia contra los equívocos de esa identificación. Las sociedades antiguas, como la griega y la judía, tenían en gran aprecio la salud y la belleza corporal. Salud y belleza eran sinónimo de bienestar, y el bienestar era sinónimo de salvación. Sin embargo, Jesús hace un gesto sublime al encontrarse con leprosos, que, por su enfermedad y fealdad, eran mortalmente despreciados. Incluso sus propios discípulos están ausentes de la escena. La sanación que Jesús obra sobre el grupo les restaura la salud y el Templo certifica el resultado por medio de una ofrenda. El samaritano, tratado como extranjero por sus propios correligionarios, es el único que retorna, porque se reconoce en deuda con Jesús y no con el Templo que nunca lo ha reconocido. El samaritano es el único que reconoce que la salud no se identifica con la salvación y que la única deuda que tiene es la de la gratitud. Con esta actitud reconoce que no sólo ha sanado su cuerpo, sino que ha restaurado su espíritu, es decir, ha entrado en el nuevo orden que es la salvación.

En la primera lectura, esta vez las recomendaciones que hace Pablo a Tito y a la comunidad de Creta se refieren a los deberes sociales. ¿Cómo tenemos que actuar los cristianos en medio de la sociedad? Para que sea creíble nuestro testimonio, tenemos que empezar por ser intachables ciudadanos de este mundo. Sigue siendo útil que se nos recuerde lo que tenemos que evitar: pasarnos la vida fastidiando a los demás, en medio de riñas e insultos, o comidos de envida, insoportables para nuestra familia o comunidad, odiándonos unos a otros. Todo eso es vivir según criterios de egoísmo personal, sin ninguna clase de solidaridad con los demás ni sensibilidad social, "esclavos de pasiones y placeres de todo género". Se nos proponen metas muy concretas de convivencia humana: que nos dediquemos honradamente al trabajo, que obedezcamos las leyes sociales y a las autoridades, que seamos amables con todos, serviciales con la familia de al lado, con las personas que conviven con nosotros. Así imitaremos a Jesús, el que se entregó por todos, y será válido nuestro testimonio, porque ese lenguaje de la servicialidad lo entienden todos. El motivo del cambio es que ha venido Jesús. Ayer decía Pablo que "ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos". Hoy lo expresa así: "ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre", y "según su misericordia nos ha salvado, con el baño del segundo nacimiento y la renovación por el Espíritu Santo". El sacramento de la iniciación cristiana baño y donación del Espíritu- es la razón profunda de nuestro cambio de estilo. Pero detrás del cambio moral está la gracia, la salvación, la bondad, el amor de Dios. No tanto unas normas impuestas bajo penas de castigo. El salmo nos hace cantar: "tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida". Por eso debemos también nosotros repartir bondad en torno nuestro.

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