Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye
mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él,
y él conmigo" (Ap 3,20)
Servicio de Email diario con las lecturas del
día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia
Católica.
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Primera Lectura

Lectura de la carta del
apóstol san Pablo a los efesios
(5, 21-33)
Hermanos:
Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo:
que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia, que es su cuerpo. Por tanto, así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres sean dóciles a sus maridos en todo.
Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola con el agua y la palabra, pues él quería presentársela a sí mismo toda resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada.Así los maridos deben amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son.
El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado a su propio cuerpo, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa. Este es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
En una palabra, que cada uno de ustedes ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
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Salmo Responsorial
Salmo 127
Dichoso el que teme al Señor.
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso, le irá bien.
Dichoso el que teme al Señor.
Su mujer, como vid fecunda, en medio de su casa; sus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de su mesa.
Dichoso el que teme al Señor.
Esta es la bendición del hombre que teme al Señor: "Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida".
Dichoso el que teme al Señor.
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Evangelio
Lectura del santo Evangelio
según san Lucas (13, 18-21)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo:
"¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas".
Y dijo de nuevo:
"¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Sobre las Lecturas de Hoy...

Sembrar y amasar son dos actividades artesanales que han acompañado a la humanidad desde los albores de la historia. Jesús retoma esos valores de la vida campesina y los trasplanta al campo religioso para enseñarnos cómo la más diminuta semilla de bondad que se siembre y se cultive puede producir los frutos más abundantes y los beneficios indirectos más sorprendentes. Los campesinos recogían las hojas de mostaza silvestre como parte del forraje para sus animales y, ya seca o quemada, como parte del abono de la tierra. El hecho de que las aves migrantes tuvieran en esos arbolitos un punto donde reposar muestra la sabiduría de Dios en los ejemplos de la naturaleza. La levadura fue introducida en las culturas antiguas para hacer rendir y hacer más digerible la masa de los cereales, como el trigo y la avena; de este modo se multiplicaba la capacidad alimenticia y nutritiva de los cereales. De igual manera, el Reino se presenta como una semilla minúscula plantada en el jardín de la creación, pero que, cuando germina, tiene unos efectos benéficos impredecibles. Otro tanto ocurre con el efecto multiplicador del bien que tiene el Reino, que actúa como levadura en las obras buenas que la humanidad emprende.
Sigue Pablo con las recomendaciones sobre la vida de cada día: esta vez en las relaciones entre marido y mujer.
Hoy se subraya mucho más la igualdad entre hombre y mujer en su vida matrimonial.
Pero Pablo, hombre de su tiempo en cuanto a la constitución de las familias -lo cual se notará mañana también en cuanto a la esclavitud-, hay que reconocer que propone aquí valientemente unas consignas que para su tiempo eran revolucionarias.
La unión entre hombre y mujer la entiende desde la perspectiva de Dios, y por tanto afirma que "amar a su mujer es amarse a sí mismo", porque "es la propia carne". Pero sobre todo, la relaciona con el amor que se tienen mutuamente Cristo y la Iglesia: "es éste un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia". El amor de Cristo a su Iglesia no es precisamente romántico: lo demostró en la entrega de la cruz. Ahí está, para Pablo, la razón de ser del mutuo amor. No habla de igualdad entre hombres y mujeres, impensable en su tiempo, pero sí da los criterios que más tarde llevarán a esa conclusión. En otra carta dirá que "ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3,28).
En nuestras relaciones comunitarias -de familia o de vida religiosa o de actividad parroquial- deberíamos aceptar este criterio profundo: ver a Cristo en los demás, imitar a Cristo en su entrega. Esto vale para todas las culturas y para todas las situaciones. Como lo que dice el salmo, que también se podría entender como un retrato idílico de tiempos antiguos -"la mujer como parra fecunda en medio de tu casa, tus hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa"- pero que, en el fondo, ofrece el secreto de la verdadera felicidad y convivencia familiar: "dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos".
Todos, tanto casados como no, cuando comulgamos con el "Cristo entregado por", debemos, no sólo buscar consuelo para nosotros, sino también aprender su amor de entrega por los demás. Se tiene que notar durante el día, en las relaciones entre marido y mujer, entre hijos y padres, entre hermanos o compañeros de trabajo o de vida de comunidad. Si no, será una Eucaristía que no produce los frutos que Cristo esperaba.
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