Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye
mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él,
y él conmigo" (Ap 3,20)
Servicio de Email diario con las lecturas del
día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia
Católica.
Este servicio se ofrece solamente
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Sobre las Lecturas de hoy...
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Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los gálatas (3, 7-14)
Hermanos:
Entiendan que los hijos de Abraham son aquellos que viven según la fe.
La Escritura, conociendo de antemano que Dios justificaría a los paganos por la fe, le adelantó a Abraham esta buena noticia:
Por ti serán bendecidas todas las naciones. Por consiguiente, los que viven según la fe serán bendecidos, junto con Abraham que le creyó a Dios.
En cambio, sobre los partidarios de la observancia de la ley pesa una maldición, pues dice la Escritura:
Maldito aquel que no cumpla fielmente todos los preceptos escritos en el libro de la ley. Y es evidente que la ley no justifica a nadie ante Dios, porque el justo vivirá por la fe. Y ciertamente la ley no se basa en la fe, porque, como dice la Escritura: Sólo vivirá quien cumpla los preceptos de la ley.
Además, Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose objeto de maldición por nosotros, puesto que la Escritura dice: Maldito sea aquel que cuelga de un madero.
Esto sucedió para que la bendición otorgada por Dios a Abraham llegara también, por Cristo Jesús, a los paganos y para que recibiéramos, por medio de la fe, el Espíritu prometido.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
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Salmo Responsorial
Salmo 110
Alabemos a Dios
de todo corazón.
Quiero alabar a Dios, de corazón, en las reuniones de los justos. Grandiosas son las obras del Señor y para todo fiel, dignas de estudio.
Alabemos a Dios de todo corazón.
De majestad y gloria hablan sus obras y su justicia dura para siempre. Ha hecho inolvidables sus prodigios. El Señor es piadoso y es clemente.
Alabemos a Dios
de todo corazón.
Acordándose siempre de su alianza, él le da de comer al que lo teme. Al darle por herencia a las naciones, hizo ver a su pueblo sus poderes.
Alabemos a Dios
de todo corazón.
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Evangelio

Lectura del santo Evangelio
según san Lucas (11, 15-26)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron:
"Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios". Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa. Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo:
"Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: 'Volveré a mi casa, de donde salí'. Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Sobre las Lecturas de Hoy...

El evangelio nos invita a darle el debido lugar a Jesús. Sus opositores intentaban desprestigiarlo con acusaciones absurdas y colocándolo al nivel de los exorcistas populares que obraban por puro capricho. Jesús les responde con argumentos, demostrándoles cómo la realización del bien no requiere medios mágicos, sino únicamente la fe en Dios. Él se presenta como el hombre fuerte que puede restablecer el orden en la casa; él, con su presencia, logra llenar el espacio dejado por los miedos y temores, que se alejan cuando se emprende un camino de liberación interior. En la vida cristiana tenemos el desafío no sólo de obrar el bien, sino también el deber de reconocerlo allí donde acontece, incluso, si las obras buenas realizadas no pertenecen a la religión cristiana; es un deber cristiano acoger y exaltar ese bien. Tenemos también el desafío de permitirle a Jesús que ponga orden en nuestra casa, en nuestro interior, en nuestra mente. En vano haremos terapias de liberación interior, de sanación, de reconciliación, si el lugar del temor, de la angustia y de la violencia no es ocupado por el amor de Dios. ¿Cómo podemos disponer nuestra vida para que sea Jesús quien habite en ella?
Pablo recurre al ejemplo de Abrahán, que pueden entender muy bien sus interlocutores de Galacia. Los judaizantes se sentían orgullosos de ser hijos de Abrahán. Pablo revuelve el argumento a favor de su evangelio, el de Jesús.
El dilema, para Pablo es: apoyarnos en nuestros propios méritos o en la bondad de Dios, centrar nuestra espiritualidad en las obras cumplidas o en nuestra apertura a la gracia de Dios. Un dilema que puede ser de actualidad en nuestra vida.
La fe de Abrahán es modélica. Era pagano cuando fue llamado a una misión que no acababa de entender. Pero se fió totalmente de Dios y emprendió su peregrinación. Eso es lo que le hace modelo de los creyentes. Dios no le eligió por sus obras, sus méritos anteriores. Dios actúa con gratuidad. Pero él creyó en Dios.
A nosotros también nos pide una fe absoluta en su Hijo Jesús, una fe que ciertamente comportará obras de fe y una conducta coherente: pero no es la conducta la que nos salva, sino la gracia de Cristo. No llevamos contabilidad de las cosas buenas que estamos haciendo por Dios. ¿Lleva contabilidad un padre o una madre por lo que hace por la familia? ¿pasa factura un amigo por un favor que ha hecho? A nosotros no nos salvará "la ley" que hemos cumplido, aunque seguramente la hemos cumplido, y con amor, sino la gratuita generosidad de Dios.
Tampoco nos salvará el pertenecer "a la raza de Abrahán": para nosotros, el formar parte de la Iglesia, o de una familia cristiana, o de una comunidad religiosa. Es la respuesta de cada uno ante el amor y la gracia de Dios la que decidirá. Son "hijos de Abrahán", no los que provienen de él por lazos de raza, sino los que le imitan en su actitud de fe.
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