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Lectura de hoy Miercoles 29 de Agosto, 2012 El Martirio de San Juan Bautista

Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo"
(Ap 3,20)

Servicio de Email diario con las lecturas del día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia Católica.

Este servicio se ofrece solamente con autorización previa del receptor.

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Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Jeremías (1, 17-19)

En aquellos días, el Señor me dirigió estas palabras:
"Ciñete y prepárate; ponte en pie y diles lo que yo te mando. No temas, no titubees delante de ellos, para que yo no te quebrante.
Mira: hoy te hago ciudad fortificada, columna de hierro y muralla de bronce, frente a toda esta tierra, así se trate de los reyes de Judá, como de sus jefes, de sus sacerdotes o de la gente del campo. Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte".

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo 70

Proclamaré, Señor, tu misericordia.

A ti, Señor, me acojo, que no quede yo nunca defraudado; tú que eres justo, ayúdame y defiéndeme, escucha mi oración y ponme a salvo.
Proclamaré, Señor, tu misericordia.

Sé para mí, refugio y salvación, pues eres tú mi roca y mi baluarte; del poder del inicuo y del violento,ven, Dios mío, a librarme.
Proclamaré, Señor, tu misericordia.

Desde mi juventud, Señor, mi esperanza tú fuiste; desde antes de nacer me apoyé en ti y tú me protegiste.
Proclamaré, Señor, tu misericordia.

Yo proclamaré siempre tu justicia, y tu gran compasión, a todas horas. Me enseñaste a alabarte desde joven y no he dejado de anunciar tus obras.
Proclamaré, Señor, tu misericordia.
Muerte de Juan Bautista
Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Marcos (6, 17-29)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Herodes había mandado apresar a Juan el Bautista y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía:
"No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano". Por eso Herodes lo mandó encarcelar. Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida, pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.
La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños. La hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile les gustó mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven: "Pídeme lo que quieras y yo te lo daré". Y le juró varias veces: "Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
Ella fue a preguntarle a su madre:
"¿Qué le pido?"
Su madre le contestó:
"La cabeza de Juan el Bautista".
Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo:
"Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista".
El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre.
Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Cara de Jesus
Sobre las Lecturas de Hoy...
La misión de Juan fue la de ser el precursor del evangelio de Jesús; nuestra misión es la de ser continuadores de esa misma misión. Como Juan, nosotros preparamos la irrupción del Mesías en la vida del pueblo; como Juan, nuestra tarea principal se concentra en dar testimonio de la verdad que Dios revela en Jesús de Nazaret; como Juan, ayudamos a otras personas a buscar y a seguir a Jesús. La misión de Juan nos ayuda también a entender la misión de Jesús. La misión de Juan fue la de preparar al pueblo de Israel y a sus gobernantes para el juicio de Dios; la tarea de Jesús fue la de preparar un nuevo pueblo para la llegada del Reino de Dios. El bautismo de Juan exigía un cambio de mentalidad para superar el pecado; el bautismo de Jesús, además de la conversión, pide asumir una nueva espiritualidad en la que el creyente se reconoce como hijo o hija de Dios. Juan actúa en el desierto, en el lugar del nacimiento de Israel; Jesús actúa en las ciudades y aldeas, allí donde el pueblo lucha diariamente por su sustento. Al final, Juan y Jesús ofrecen sus vidas como testimonio de la verdad que comunican.

El joven Jeremías era de Anatot, un pueblecito cercano a Jerusalén. Era de familia acomodada, de temperamento pacifico, más inclinado a la dulzura y a la amistad que a lo que tuvo que hacer: anunciar los castigos de Dios e invitar a unas medidas impopulares. La llamada de Dios a Jeremías es muy sencilla, en contraste con la solemne teofanía que acompañó a la de Isaías. Jeremías se defiende, porque intuye en seguida que lo que Dios le pide va a acarrearle complicaciones: «Ay, Señor mío, mira que no sé hablar, que soy un muchacho». Pero Dios le responde con la frase de siempre: «no tengas miedo, que yo estoy contigo». Ser profeta es siempre incómodo. Profeta no es el que anuncia cosas futuras. En la Biblia, profeta es aquella persona que habla en nombre de Dios, que ayuda a los demás a interpretar la historia desde los ojos de Dios. A nosotros nos ha tocado ser cristianos en unos tiempos también difíciles (¿hay alguno que no lo haya sido?). En muchas regiones, estamos en medio de una sociedad secularizada y pluralista. No tendremos la misión de influir en las opciones militares o políticas de nuestro país. Pero sí, la de dar testimonio de los valores de Dios y del mensaje de Cristo en el ámbito de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra parroquia, de nuestra sociedad. Nuestra voz profética -hecha más de testimonio vivencial que de palabras- debería ser valiente, comprometida. Si tenemos dificultades, sentiremos un gozo especial en recitar el salmo de hoy: «A ti, Señor, me acojo... sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve... Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza desde mi juventud»...

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