Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye
mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él,
y él conmigo" (Ap 3,20)
Servicio de Email diario con las lecturas del
día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia
Católica.
Este servicio se ofrece solamente
con autorización previa del receptor.
Participa a tus familiares y amistades invitándoles a
subscribirse a este servicio diario.
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Primera Lectura
Lectura del Libro del profeta
Ezequiel (2, 8-3, 4)
Esto dice el Señor:
"Hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte y no seas rebelde como la casa rebelde. Abre la boca y come lo que voy a darte".
Vi entonces una mano tendida hacia mí, con un libro enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito por dentro y por fuera; tenía escritas lamentaciones y amenazas. Y me dijo:
"Hijo de hombre, come lo que tienes aquí; cómete este libro y vete a hablar a los hijos de Israel". Abrí la boca y me dio a comer el libro, diciéndome:
"Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este libro que te doy". Me lo comí y me supo dulce como la miel. Y me dijo: "Hijo de hombre, anda; dirígete a los hijos de Israel y diles mis palabras".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
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Salmo Responsorial
Salmo 118
Tus mandamientos, Señor,
son mi alegría.
Me gozo más cumpliendo tus preceptos que teniendo riquezas. Tus mandamientos, Señor, son mi alegría; ellos son también mis consejeros.
Tus mandamientos, Señor,
son mi alegría.
Para mí valen más tus enseñanzas que miles de monedas de oro y plata. ¡Que dulces al paladar son tus promesas! Más que la miel en la boca.
Tus mandamientos, Señor,
son mi alegría.
Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón. Hondamente suspiro, Señor, por guardar tus mandamientos.
Tus mandamientos, Señor,
son mi alegría.
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Evangelio

Lectura del santo Evangelio
según san Mateo
(18, 1-5. 10. 12-14)
Gloria a ti, Señor.
En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
"¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?"
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo:
"Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos.
Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo.
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Sobre las Lecturas de Hoy...

En las sociedades antiguas uno de los valores fundamentales era el honor. Y el deshonor era fuertemente temido, al punto que muchas personas preferían morir a caer en deshonor. Uno de los honores más grandes era ser importante y reconocido, porque el individuo anónimo y desconocido era despreciado. Jesús cambia esa manera de pensar, y el evangelista nos lo hace saber a través de la imagen del «pequeño» y de la «oveja perdida». El «pequeño» no sólo representa al niño que por su dependencia, ignorancia y debilidad era considerado insignificante. «Pequeños» eran también todas las personas sencillas, pacíficas y anónimas que no tenían el ánimo ni los medios sociales para ocupar un lugar en la escala de los honores. Jesús toma como modelo cristiano a esas personas, que, sin dejarse aplastar por los valores sociales al uso, colocan toda su existencia al servicio de la vida. De igual forma pasa con la «oveja perdida». El evangelio nos recuerda que en la comunidad no hay lugar para la exclusión y para la indiferencia. Si alguien se extravía, la comunidad no puede desentenderse, sino que tiene la misión de reintegrar a esa persona extraviada. - ¿Cuál es nuestra actitud ante las personas anónimas y ante aquellas que consideramos «extraviadas"?
Nos dice la primera lectura que la Palabra sólo es viva si se consigue interiorizarla, compartirla y transfigurarla en oración. Es fuente de conversión cotidiana y, al igual que le ocurrió al todavía indeciso Agustín, también a nosotros nos dice la Voz interior: "Tolle, lege...!" ("¡Toma y lee!"). Tomar el libro, frecuentarlo asiduamente y escuchar cómo habla Dios en él cada día no consiste tan solo en conocer un texto, sino, según la hermosa expresión del profeta Ezequiel, en "comer la Palabra" (Ez 3, 1), hacerla propia, hacerse una sola cosa con ella, hasta el momento en que, al fin, esa Palabra nos arrastre del todo y nos moldee. Un momento al que jamás llegamos del todo y que hemos de perseguir constantemente: por eso la Palabra debe llegar sin cesar a nosotros para que aprendamos a vivir en ella.
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