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Lectura de hoy Viernes 10 de Agosto, 2012 San Lorenzo, Diacono y Mártir

Servicio Email de Lecturadeldia.com
"He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo"
(Ap 3,20)

Servicio de Email diario con las lecturas del día de acuerdo con el Ciclo Litúrgico de la Iglesia Católica.

Este servicio se ofrece solamente con autorización previa del receptor.

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Sobre las Lecturas de hoy...


Primera Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios (9, 6-10)

Hermanos:
Recuerden que el que poco siembra, cosecha poco, y el que mucho siembra, cosecha mucho. Cada cual dé lo que su corazón le diga y no de mala gana ni por compromiso, pues Dios ama al que da con alegría.
Y poderoso es Dios para colmarlos de toda clase de favores, a fin de que, teniendo siempre todo lo necesario, puedan participar generosamente en toda obra buena. Como dice la Escritura:
Repartió a manos llenas a los pobres; su justicia permanece eternamente.
Dios, que proporciona la semilla al sembrador y le da pan para comer, les proporcionará a ustedes una cosecha abundante y multiplicará los frutos de su justicia.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Salmo 111

Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.

Dichosos los que temen al Señor y aman de corazón sus mandamientos; poderosos serán sus descendientes. Dios bendice a los hijos de los buenos.
Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.

Quienes, compadecidos, prestan y llevan su negocio honradamente jamás se desviarán; vivirá su recuerdo para siempre.
Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.

No temerán malas noticias, puesto que en el Señor viven confiados. Firme está y sin temor su corazón, pues vencidos verán a sus contrarios.
Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.

Al pobre dan limosna, obran siempre conforme a la justicia; su frente se alzará llena de gloria.
Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.
Jesus ensenando
Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Juan (12, 24-26)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
"Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre".

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Cara de Jesus
Sobre las Lecturas de Hoy...
La vida es el valor supremo, tanto para la sabiduría popular como para Jesús; la vida tomada en su valor existencial, es decir, como la realidad fundamental que permite alcanzar un valor superior. Por esta razón, la pregunta que nos formula este evangelio, ¿qué precio pagará el hombre por su vida?, adquiere un significado especial. La cultura actual nos incita a cambiar nuestra vida por diversión, por fama, por una posición social, incluso por un mejor salario; pero, aunque estas metas conserven algo positivo, no resuelven el enigma fundamental que cada ser humano debe resolver: ¿Qué sentido tiene mi vida? Jesús nos invita abiertamente a asumir un propósito en la vida acorde con la voluntad de Dios, aunque ese propósito implique "cargar cruces" o incluso no satisfacer las demandas con las que se identifica ese propio «yo». "Aborrecerse a sí mismo" significa, entonces, tomar conciencia y dejar aparte todas las expectativas y prejuicios con los que normalmente asumimos una meta y la manera cómo nos desencantamos cuando la alcanzamos o cómo nos frustramos por no alcanzarla. Entonces, ¿cómo podremos rescatar el valor de nuestra vida? La propuesta es simple: sólo siguiendo a Jesús podremos encontrar la respuesta.

Ojalá fuera un retrato aplicable a nosotros lo que dice el salmo de hoy, que también ha recordado Pablo a los corintios: «dichoso quien teme al Señor... reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta...». No se trata sólo de dar limosna a los pobres de cerca o a los de lejos. También tenemos que mostrar amabilidad con las personas que conviven con nosotros, y ayudarles en lo económico o en lo cultural o en lo espiritual. No es limosna: es la donación de nuestro tiempo, de nuestro interés, de nosotros mismos. No vaya a ser que protestemos de las injusticias que suceden en Haiti o África, y luego pongamos mala cara al que vive con nosotros y no le ayudemos en lo que necesita. También en el seno de una familia o de una comunidad, se tendría que poder decir que «en las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo». En un mundo que camina entre tinieblas, si somos caritativos, si mostramos interés por los demás y ayudamos al que está en necesidad (a un enfermo, por ejemplo), ya habrá un poco más de luz. Y, además, «por medio nuestro, se dará gracias a Dios», o sea, seremos ocasión para que otros experimenten la cercanía de Dios y le alaben. Estamos en un momento en que va creciendo toda clase de voluntariados en nuestra sociedad: personas que dedican parte de su tiempo a ayudar gratuitamente a los demás. Los cristianos debemos practicar, todavía con mayor motivación, esta comunicación de bienes dentro y fuera de la Iglesia. Hagamos caso de la urgente invitación de Pablo a los Corintios: el que tiene, dé al que no tiene. Y dé de buena gana.

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