Nunca había sido tan larga la espera y nunca antes tampoco había sido tan enorme la esperanza.
La mañana del 20 de mayo tres familias vieron partir a sus hijos a la escuela, horas después recibirían una llamada inesperada que los llenaría de angustia. Sus hijos serían deportados a Tijuana.
Tres adolescentes de entre 15 y 17 años de edad habían sido aprehendidos por agentes de migración mientras se realizaba un operativo del Departamento de Seguridad Nacional en las inmediaciones del trolley. Los muchachos con mochilas al hombro se dirigían a estudiar y a pesar de que conocían sus derechos, fueron esposados, arrestados, conducidos al cuartel de la Patrulla Fronteriza y posteriormente repatriados.
Tan pronto como las tres familias se enteraron de la detención de sus hijos, se contactaron con medios de comunicación, con vecinos y organismos defensores de los derechos humanos.
La noticia de la detención de los estudiantes se esparció de voz en voz, entre maestros, estudiantes y organizaciones populares y casi de manera instantánea las comunidades se movilizaron y denunciaron la represión del gobierno federal, en esta ocasión dirigida hacia con la juventud y los estudiantes.
Pasó casi un mes desde la detención y deportación de los tres estudiantes y a pesar de la angustia, las familias continuaban luchando, exigiendo que cesaran las redadas a bordo del sistema de transporte público. La represión no había mermado su espíritu de lucha y mucho menos la esperanza de que sus hijos volverían a casa.
La lucha de las familias se hizo popular y captó la atención de propios y extraños. Es que es imposible pensar que el gobierno de este país, a pesar de las promesas de una reforma migratoria, se haya ensañado con la juventud de nuestro pueblo.
Y fue entonces cuando el pueblo reaccionó e hizo evidente aquella consigna de que el pueblo unido jamás será vencido. Estudiantes, maestros, padres de familia, organizadores comunitarios, abogados; el pueblo entero pues presionó y el gobierno escuchó. El pueblo entero dijo: una agresión contra los tres estudiantes es una agresión contra todos.
El 17 de junio pasado, los tres estudiantes recibieron un permiso humanitario por parte del gobierno federal y se les concedió a los muchachos ingresar a la Unión Americana por la garita internacional de San Ysidro. Flanqueados por abogados y organizadores los muchachos tocaron suelo estadounidense y con la dignidad dibujada en sus rostros serian reunificados con sus familias. Horas después estarían de nuevo en casa, al lado de sus familias que nunca perdieron la esperanza y que lucharon junto a su pueblo para que la reunificación fuera posible.
La imagen de ver a una madre abrazar a su hijo no cabe en el alfabeto, las palabras son insuficientes para describir ese momento.
Pero fue en ese momento, en ese preciso instante que de pronto años de lucha; larguísimas reuniones; interminables debates; agotables sesiones de estrategia valieron la pena. Fue el momento donde la dignidad del pueblo triunfó sobre la soberbia de un gobierno que se vio obligado a rectificar un gran daño, no únicamente a tres familias pero un daño propiciado a toda la comunidad.
Y la alegría de tres familias se convirtió en la alegria popular y quedó claro que los cambios surgen desde abajo, con el pueblo y su lucha y su esperanza.