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Eventos Próximos:
Celebración de los 100 de la Ordenación Sacerdotal del P. J. Kentenich
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Estimado(a)
Esta es la tercera y última parte de la homilía que Mons. Francisco Javier Errázuriz, Cardenal de Santiago, dio en el Santuario de Bellavista, en Chile, con motivo de la celebración de los 100 años de la ordenación sacerdotal del P. José Kentenich.
También puedes consultar el aquí el Portal de Schoenstatt Monterrey con el texto completo de la homilía de Mons. Errázuriz. Que sus palabras nos sirvan de preparación para la celebración que tendrá la Familia de Schoenstatt en Monterrey este sábado a las 7:00 pm en la Casa del Movimiento: |
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Mons. Francisco Javier Errázuriz |
El Padre Kentenich quiso entrar, en alianza con la Sma. Virgen, su madre y educadora, por la puerta, que es Cristo. Fue el Padre de los cielos, el guardián del rebaño, quien le abrió esa puerta. Podemos decir que se la abrió una primera vez, pero que siguió abriéndosela a lo largo de toda su vida. Nunca quiso entrar por otra puerta que no fuera Cristo. Además quiso pasar por las demás puertas que Él le abría. Son puertas más pequeñas que recuerdan los ingresos de muchas antiguas catedrales. Éstas evocan la puerta de la nueva alianza por la cual pasó Jesucristo: la puerta de la anunciación, con la Virgen María en un dintel y el arcángel Gabriel en el otro. Puertas que se abren al escuchar el sí de María: en sus labios y en los nuestros. Hemos sido llamados por nuestro nombre. El Padre nos enseñó a buscar el nombre propio con el cual Dios nos llama y despierta nuestra dignidad y nuestro seguimiento. Nombres que llamamos ideales: personales, de comunidad, de rama. Nombres que nunca se gastan, y que no reducen nuestra existencia. Por el contrario: traen hasta nosotros el horizonte de las promesas de Dios, que se acercan a nuestras vidas con toda su fuerza de atracción y con la esperanza sobrenatural y sobreabundante que despiertan. ¿Cómo no agradecerle a Dios esta dimensión del mensaje del Padre, que nos ha elevado, impidiéndonos que nos contentemos con la atmósfera contaminada de muchas existencias? Bien sabemos que él nos dijo una y otra vez, recordándonos su consagración a los nueve años, que todo lo que tenía se lo debía a la Sma. Virgen. La quería con un amor entrañable como su Madre y su Reina. A ella le dedicaba todas sus obras y sus proyectos. En sus manos dejaba a sus hijos, y los destinos de toda la Iglesia. Lo hacía con mucha libertad interior. Podía cultivar una pedagogía de libertad, porque a todos los que recurrían a él, los sabía en las manos de Dios y de la Virgen, y porque confiaba en la gracia del Señor. Asumiendo el camino de Cristo, sabía que la Madre y Reina tres veces Admirable era por oficio la colaboradora y la compañera de Cristo -y también suya y nuestra- en cuanto Él hace con nosotros en el tiempo, para cumplir su misión de Redentor. Pongamos en manos de Dios sobre la patena cuanto le agradecemos y cuanto le ofrecemos. Y con espíritu contemplativo, lleno de gratitud, ofrezcámosle nuestra colaboración, de modo que el sacerdocio del P. José Kentenich siga dando muchos frutos, a través de sus hijos e hijas, en nuestro tiempo y en el futuro. Ofrezcámoslo así a Dios nuestro Padre, en la fuerza del Espíritu Santo, como aportación de nuestra Familia en cada país.
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Unidos en Alianza,
Guillermo y Gaby Rubio
Jefes de la Rama de Familias
Schoenstatt Monterrey |
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